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La revolución norteamericana y debates historiográficos.

Por

Ana de la Asunción Criado

Universidad Autónoma de Madrid

Trece Colonias inglesas de América del Norte.

Trece Colonias inglesas de América del Norte.

Las razones para comprender la revolución americana son complejas. Por un lado, el siglo XVIII en América fue el siglo del triunfo del pensamiento racional, del amor al saber, de la Ilustración y también de la defensa de de valores éticos y emocionales procedentes de una cultura política británica y también estaba presente en la revolución francesa, española, y en las guerras de independencia latinoamericanas. Tanto el racionalismo como el republicanismo americano, basado en la sobriedad y el patriotismo se oponían al reforzamiento del sistema imperial emprendido por la metrópoli. Además, el triunfo británico, en la Guerra de los Siete Años, creó también desequilibrios. El coste del Imperio británico había ascendido mucho al incorporar Canadá y Florida, y la deuda de la Corona era inmensa[1]. En estas circunstancias culturales Carmen de la Guardia sitúa el periodo que será analizado desde diferentes corrientes historiográficas.

Los procesos revolucionarios durante este periodo no fueron únicos en norteamericana, como ya se ha comentado en el punto anterior, tuvo lugar una oleada sucesiva de revueltas que aconteció tanto en Europa como en América Latina. Aunque tuvieron causas, procesos y consecuencias diferentes, evidentemente no se puede dejar de lado que todas sucedieron en un corto periodo de tiempo; por lo tanto algo en común tendrían aunque únicamente fuera el traspaso de información entre unos pueblos y otros. Sin embargo, entre todas ellas, Fernando Purcell destaca cierta excepcionalidad en la revolución americana y sus consecuencias aún pueden percibirse en la actualidad. A partir de este problema surgen las diferentes corrientes historiográficas que Purcell desarrolla en su artículo “La revolución norteamericana y las tensiones interpretativas en su historiografía reciente”. La primera diferencia que presenta es la evolución de la historiografía latina frente a la estadounidense. Mientras que la de Iberoamérica centra su objeto de estudio en la formación de las naciones, utilizando como referente las revoluciones de inicios del siglo XIX y centra sus debates en asuntos de patria, nación o ciudadanía.; la estadounidense centra su investigación en la construcción nacional, sin referencia a la revolución sucedida entre 1763 y 1789, también sus debates son diferentes pues se articulan en torno a vinculaciones históricas tanto internacionales como transnacionales como producto a su orden internacional tras la guerra fría[2]. Sin embargo, nuestro análisis se centrará únicamente en la historiografía norteamericana pues no se plantea de un modo homogéneo y a parte de los debates anteriormente señalados cabe mencionada otra postura radicalmente opuesta a la anterior que centra su estudio desde un punto de vista mucho más local y otorgando mayor protagonismo a la historia social. En las páginas venideras se tratará de explicar los diferentes planteamientos que exponen ambas corrientes y los autores más representativos de las mismas, para, de este modo, concluir con una posible interacción de ambas.

Familia Criolla de América

Familia Criolla de América

En primer lugar analizaremos la corriente que centra su ensayo desde un punto de vista local y regional; son defensores que la revolución se mantuvo gracias a pequeñas comunidades, grupos sociales y regiones. Sin embargo, lo primero que hay que tener en cuenta es el contexto histórico en el que se sitúa esta corriente. Como bien señala Purcell es típica de 1960 momento en el que se produce el auge de la lucha de derechos civiles, movimientos de mujeres y de inmigrantes. En definitiva, un momento en el que comienza a ejercerse un mayor énfasis desde el punto de vista social en múltiples aspectos como la política, la cultura, la sociedad…por tanto, no es de extrañar que las corrientes historiográficas contemporáneas siguieran estos mismos pasos. Pero además de todo esto no nos debemos de olvidar de otro aspecto fundamental pues en cuanto a las relaciones internacionales nos situamos en un periodo conocido como la Guerra Fría en el que las tensiones internacionales eran algo habitual en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, otro factor más que hace que no sea de extrañar la visión local de 1960 que se quiso dar a los procesos revolucionarios de Norteamérica.

Esta corriente defiende la enfatización de los conflictos, las diferencias sociales, las inequidades; haciendo mayor hincapié en cuestiones de clase, raza, género o religión. Todo ello se concibe como una nueva manera de entender la revuelta americana. Defensores de esta tesis son los siguientes autores. Sin duda, uno de los predominantes es Robert Gross con su obra The minutem and their world, donde examina las realidades que tuvieron lugar antes, durante y después de la revuelta en el pueblo agrario de Concord (Massachusetts), estableciendo como desencadenante de la misma la supresión por parte de la corona británica de la libertad de reunión en los Town Meetings, para este autor se levantan en armas en defensa de las tradiciones locales y para preservar la autonomía local. En segundo lugar, debemos resaltar a Sylvia Frey con Water from teh rock: black resistance in a revolutionary age (1990), donde realiza un análisis del sur esclavista denominándolo como una “guerra sobre la esclavitud”, explica que al mismo tiempo que se produjeron las revueltas esclavistas del sur acontecieron las revoluciones, por lo que los estados estaban fundados sobre unos cimientos de esclavitud y libertad. En tercer y último lugar, cabe señalar una de las obras más recientes sobre siguiendo en la misma línea The republic in Print, Print culture in the age of U.S. Nation building 1770-1870 de Trish Loughran (2007). Dicha publicación se centra en la importancia de la cultura impresa norteamericana, para terminar concluyendo que esta imprenta a nivel local no tuvo ni unión ni comunión pues estaba ligada a la metrópoli[3].

Como bien resumen Purcell de todo esto se puede resumir que todos tienen en común la incorporación de distintas comunidades en la revolución por motivos dispares. La desconexión entre la esperiencia vivida y la toma de conciencia sumada a las motivaciones y consecuencias es lo que les lleva a los historiadores a cuestionar el carácter revolucionario; el cual parece ser que en el caso norteamericano tenía cierto carácter progresista. Pero claro, dentro de toda esta problemática y todos estos debates es necesario plantearnos qué entendemos por “revolución” uno de los conceptos más debatidos y utilizados, para algunos autores erróneamente, a lo largo de la historia. Término que lleva siendo discutido desde la época moderna, en el siglo XVIII en relación con el cambio y el progreso hacia un futuro nuevo o incluso en el renacimiento como “vuelta a lo original”. Sin embargo, el verdadero cambio del significado que se adopta para este concepto llegó en 1789 con la Revolución Francesa cuando se aplicó en el lenguaje cotidiano para referirse a los enormes cambios y acontecimientos que estaban sucediendo en la Francia de la época. La mayoría de las veces estos cambios en el extranjero, y principalmente en España, se veían como un término que demostraba el pánico que se estaba viviendo con múltiples asesinatos e incluso que no solo desautorizaba al rey y a su familia sino que también terminaba con su vida[4]. La evolución de los significados de “revolución” puede apreciarse en las sucesivas ediciones de la RAE.

El carácter progresista mencionado con anterioridad algunos lo toman para señalar el carácter radical de la revolución. El mayor protagonista de esta vertiente es Goordon Wood quien realizó una visión general del proceso, una mirada nacional y homogeneizante del periodo contraponiendo las ideas de Joyce Appleby, Michel Zurchermay o Bárbara Smith quienes aportaban unas miradas fragmentarias para comprender el proceso. Todo ello fue fruto de una tensión que se incrementó en la década de 1990 porque surgen las corrientes que ubican la revolución en un contexto internacional[5].

Colonos puritanos ingleses del siglo XVII

Colonos puritanos ingleses del siglo XVII

El otro punto de vista historiográfico que hemos de tratar es el que centra sus análisis en perspectivas internacionales y transnacionales. Dicha corriente surge en 1990 por lo tanto es bastante posterior a la anterior y se desarrolla en un contexto histórico completamente distinto al mencionado anteriormente. Tanto los factores sociales, culturales como los políticos han cambiado hasta tal punto que se han llegado a convertir incluso en opuestos. La guerra fría mencionada con anterioridad ha desaparecido con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Al mismo tiempo comienza a crecer un nuevo fenómeno que se profundizará en épocas posteriores conocido como Globalización, las comunicaciones internacionales se hacen más sencillas y todo parece formar parte de este contexto global. En definitiva, si antes no nos extrañaba las condiciones en las que se desarrolló la historia de índole social y local, ahora tampoco ha de extrañarnos este nuevo contexto en base a una internacionalización de los fenómenos.

El carácter internacional derriba las nociones de excepcionalidad, la base de todo ello se encuentra en la predicación de John Winthrop quien “transformaba colonos ingleses puritanos en un pueblo elegido para habitar nuevas tierras, gracias a una sanción divina”, algunos autores argumentan esto como el alma del periodo republicano. Otros autores complementarios de todo esto son Frederik Jackson Turner, Ian Tyrrel y Thomas Bender, estos dos últimos tienen el objetivo de mostrar que en la historia de Estados Unidos no hay excepcionalidad si no que basan su objeto de estudio en analizar, comparar y contrastar todo esto con otras historias evitando el aislacionismo desde el punto de vista histórico. En la actualidad según Purcell se trata de entender cada aspecto de la historia de Estados Unidos como necesariamente entrelazada con otras historias. Al igual que hemos hecho en el caso anterior también hay que referirse en este apartado a ciertos autores significativos y representantes de estos ideales. Entre ellos se encuentra Thomas Bender con su obra A Nation Among Nations, America’s Place In World History, donde añade un tercer punto a los establecidos por Carl Becker mostrando a la revolución dentro de grandes poderes mundiales como las disputas entre Inglaterra y Francia. Esta idea es complementada por Jack P. Greene quien se refiere a todo esto como el primer desmantelamiento de las estructuras imperiales. Dentro de las revoluciones norteamericanas el punto álgido de las mismas está ocupado por la Declaración de Independencia quien ha tenido una influencia importantísima en el contexto internacional, por ello, David Armitage establece que si se admite la internacionalización de esto es necesario reconocer como internacional el resto de la historia, a raíz de esto expresa “que surge un mundo como Estados Unidos de imperios multinacionales”. Emerson también realiza una declaración similar diciendo que los “disparos en Concord fueron escuchados en todo el mundo”. Por último mencionar a Tyrrel, quien analizó el periodo estadounidense entre XVIII y 1815, defendiendo que la república de Estados Unidos tiene unos vínculos con procesos transnacionales que son innegables[6].

Esta última corriente gana terreno en la producción histórica estadounidense pero plantea el problema de que parten de una inserción de Estados Unidos en el sistema internacional, obviando la disgregada y disímil realidad de la revolución. Este es el motivo por el que se producen tensiones con la corriente defensora de la historia social. Luis González plantea si sería posible alcanzar miradas complementarias a través de estas dos tendencias. Evidentemente, es importante situar la revolución en un contexto mundial, pero para ello no se debe dejar de lado el punto de vista nacional y tener en cuenta otras cuestiones como el movimiento de población, cultura, ideas… Otro de los problemas que se plantean es que los acontecimientos característicos del XVIII (formas de vida,, personas, ideas, nuevas formas de relación…) influyen en un escenario mundial pero conduzcan a procesos impropios de la época. Tampoco se puede establecer la existencia de una conciencia nacional anterior a 1789 que se zanja el problema constitucional. Además, las historias nacionales no son autosuficientes, no se sostienen por sí mismas, si no que cobran sentido con las historias de otros lugares del mundo[7].

Por tanto, la conclusión es que estas corrientes que surgieron, desde nuestra modesta opinión, en base a las tendencias típicas del momento (1960 y 1990) y ahora deben de abandonar sus principios e intentar unirse para realizar una historia mucho más completa y que ofrezca una visión global de los acontecimientos ocurridos. Ha de ser visto desde un punto de vista amplio pero obliga al reconocimiento de peculiaridades locales y regionales. Sería necesaria un balance entre ambas corrientes y la interacción de ambas, pero la dificultad se encuentra en que para ello es necesario integrar historia entre imperios y naciones. Por ello, Chris Bayly remite a una necesaria “flexibilidad de conceptos”[8].

Después de todo lo mencionad con anterioridad conviene hacer un último matiz respecto a la historiografía estadounidense, se trata de la novedosa historia atlántica, concepto que no todos aceptan y uno de los grandes debates de la historiografía actual estadounidense. Dos obras fundamentales en este aspecto son Soundings in Atlantic History: Latent Structures and Intellectual Currents de Bernard Bailyn y Patricia L. Denault y el publicado por Jack P. Greene y P. D. Morgan, Atlantic History. A Critical Appraisal. La Historia Atlántica se debatía entre aquellos que la concebían como una historia comparada y los historiadores que esgrimían que el interés radicaba en seguir los flujos comunes enarbolando un enfoque transnacional. Esta rama histórica no surgió hasta los años 70 del siglo XX. B. Bailyn la definió como “la historia que abraza la zona de interacción entre los pueblos de Europa occidental, África occidental y las Américas”, en definitiva, trata de estudiar las conexiones, los intercambios y las transformaciones de las regiones limítrofes con este océano. Se desarrolló en el contexto de la Guerra Fría cuando la vida política occidental se tornó atlantista, con los dos grandes aliados: Estados Unidos y Gran Bretaña. Era como si los países limítrofes del Océano reclamasen un pasado y unas tradiciones comunes, se erigieran en la democracia frente a los del interior de Europa que es donde se desarrollaban los conflictos históricos y las ideologías totalitaristas[9]. Por lo cual, como ya se ha señalado con anterioridad la Guerra Fría uno de los factores determinantes en las diferentes tendencias historiográficas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX. Esta Historia Atlántica se articula en torno a tres tendencias historiográficas[10]:

  • El primer flujo relacionado con los trabajos centrados en el comercio transatlántico de esclavos.
  • Una segunda corriente que procede de los historiadores de las sociedades coloniales de las Américas.
  • Y la última es la de los historiadores interesados en analizar las características de los diferentes imperios atlánticos.

Sin embargo estas corrientes también tienen detractores puesto que hay algunos historiadores que matizan algunas de las premisas de esta Historia Atlántica. Algunos, como J. Elliot, muestra lo difícil que es saber a qué Atlántico se refieren los atlantistas puesto que existen distintas denominaciones en función de la época y al nombrarlos a todos con la misma designación se está incurriendo en un anacronismo histórico. Otros historiadores afirman que el Atlántico no es una entidad aislada y las críticas aumentan para aquellos que consideran que la Historia Atlántica es “un disfraz” que permite el regreso de una práctica histórica alejada ahora de la “corrección política”: la historia imperial. El debate, pues, sigue abierto en Estados Unidos y ha penetrado en otras historiografías nacionales, pero eso deberá ser objeto de otra reflexión[11].

Nos enfrentamos a un compendio de diferentes corrientes en las que cada una está interesada en defender sus propios intereses y orientadas hacia su principal tesis, algunas más próximas entre sí y otras más distantes. Pero como hemos podido comprobar incluso dentro de cada corriente existen disidentes que discrepan ciertos postulados de las mismas. Se trata de un asunto demasiado complejo que nos hace reflexionar los múltiples puntos de vista, en ocasiones quizás excesivos, que puede tener la historia y los matices que derivan de la misma a medida que se profundiza en un tema concreto.


 

Bibliografía:

  • DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, Historia de Estados Unidos, Sílex, Madrid, 2009.
  • DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, “Historia Atlántica. Un debate historiográfico en Estados Unidos”, Revista Complutense de Historia de América, volumen 36, 2010, pp. 151-159.
  • PURCELL, Fernando, “La Revolución Norteamericana y las tensiones interpretativas en su historiografía reciente”, Revista Digital de Historia Iberoamericana, volumen 1, número 1, 2008, pp.54-69.
  • SÁNCHEZ DE MADARIAGA, Elena, Conceptos fundamentales de Historia, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pp. 98-99.

[1] DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, Historia de Estados Unidos, Sílex, Madrid, 2009, p. 49.

[2] PURCELL, Fernando, “La Revolución Norteamericana y las tensiones interpretativas en su historiografía reciente”, Revista Digital de Historia Iberoamericana, volumen 1, número 1, 2008, pp.54-69.

[3] PURCELL, Fernando, op. cit, pp.54-67.

[4] SÁNCHEZ DE MADARIAGA, Elena, Conceptos fundamentales de Historia, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pp.98-99.

[5] PURCELL, Fernando, op. cit, pp.54-67.

[6] PURCELL, Fernando, op. cit, pp.54-67.

[7] PURCELL, Fernando, op. cit, pp.54-67.

[8] PURCELL, Fernando, op. cit, pp.54-67.

[9] DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, “Historia Atlántica. Un debate historiográfico en Estados Unidos”, Revista Complutense de Historia de América, volumen 36, 2010, pp. 151-159.

[10] DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, op. cit. (2010), pp. 151-159.

[11] DE LA GUARDIA HERRERO, Carmen, op. cit. (2010), pp. 151-159.

ANA_COLEGIO[1]

Ana de la Asunción. Vice-Directora de la Pagina.

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