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UNA REFORMA DESDE ARRIBA: IGLESIA Y RELIGIOSIDAD 

por

Héctor Linares González

Universidad Autónoma de Madrid

 

OBJETIVO Y TEMA A TRATAR

En la obra del Dr. Pinto Crespo se nos narra las reformas que el gobierno carolino quiso acometer en referencia a la institución eclesiástica y a la religiosidad. Unas reformas insuficientes, tímidas y lentas que no cambiaron demasiado el panorama de la época. Una reforma desde arriba que quiso controlar a la iglesia mediante las ideas ilustradas y reformarla para que se ajustase bien al nuevo pensamiento de la ilustración. Además de todo esto, el doctor Pinto analiza la estructura de la Iglesia, recursos, riqueza, composición del clero, influencia social, configuración en el territorio, y sus problemas estructurales.

 IGLESIA Y RELIGIOSIDAD EN LA ESPAÑA DE CARLOS III 

Cuando hablamos de estos conceptos hay que tener en cuenta dos grandes hipótesis acerca del reformismo eclesiástico por el gobierno de Carlos III. Según la gran cantidad de autores consultado se dice que pudo ser por dos cuestiones:

  1. la primera era la ambición del estado por controlar a la Iglesia, una institución que ejercía el control efectivo de la ideología del pueblo, y una ansia utilización de la Iglesia por parte de una élite de ministros volterianos[1], que se aprovechaban de la buena voluntad del Rey.
  1. La segunda teoría es que el estado quería reformas a la Iglesia con el fin de acabar con los desequilibrios que poseía y sus corrupciones.

Pero se llega a la conclusión de que algo de razón tenían ambos planteamientos. Fue un intento de controlar a la Iglesia en coherencia con el nuevo pensamiento ilustrado, pero las reformas, a menudo, eran insuficientes. El poder político necesitaba a la Iglesia pues tenía el control social, por eso querían tener a la Iglesia bajo un control mayor, la reforma también quería modernizar la Iglesia, y ajustarla a los nuevos tiempos y pensamientos de la ilustración. La iglesia del siglo XVIII tenía una serie de problemas estructurales muy grandes. El modelo de actuación, la religiosidad barroca y su escénica, la acumulación de bienes en esas manos muertas, la deficiente formación intelectual de los párrocos, el excesivo número de clérigos, y sus prácticas como cristianas hacían evidente una reforma de la institución eclesiástica. La que más molestaba a los ministros ilustrados, como es lógico, era la acumulación de bienes y el gran número de clérigos, pues decían que era una de las razones del estancamiento demográfico y del crecimiento económico de España.

Carlos III de España. Rey de España.  ( 1759-1788)

Carlos III de España. Rey de España. ( 1759-1788)

La Iglesia española presentaba problemas internos bastante notables. Fue una de las Iglesias que más rápido adoptaron las premisas establecidas en el concilio de Trento. Uno de los principales problemas era el gran aumento del clero durante la edad moderna, pero sobre todo del clero regular, aunque en el siglo XVIII el número se estancó. Pero como dice el doctor Pinto, era un clero numeroso y mal repartido. Primeramente por reinos vemos ya una desigualdad notable, en 1747 de los 165.663 eclesiásticos de España, casi 130.000 estaban en Castilla, y solo 38.234 en Aragón. Sabemos estas cifras gracias a los catastros y estudios demográficos como el del marqués de la Ensenada, o el del Conde de Aranda. A finales del siglo XVIII, el número era de 182.564 eclesiásticos, pero había descendido en comparación con el año 1768, pues había 191.101 eclesiásticos. En 1797 el clero representaba el 1,6% de la población, en frente al 2,2% que era en 1768. El siglo XVIII supuso un estancamiento, e incluso, un retroceso para el clero español. Aún así había enormes desigualdades en su distribución. Durante el siglo XVII el clero regular había sufrido un enorme auge, pero ahora en el XVIII el que estaba en pleno apogeo era el secular, con un crecimiento del 60%, en 1757 representaban el 55% de todo el clero español. Esto contribuyó a los desequilibrios de las estructuras eclesiásticas. Este clero secular creció enormemente en las zonas urbanas. Los desequilibrios también eran espaciales, por ejemplo, la comarca de la tierra llana del reino de Sevilla concentraba el 21% de todo el clero del reino en el año 1752. Además el mayor porcentaje del clero secular no se dedicaba a las tareas normales de salvación de almas, sino a otras varias. Solo el 30% o el 40% del clero secular se dedicaba a la cura de almas, lo cual no deja de ser curioso, pero en casos como el arzobispado de Sevilla solo el 8,6% del clero secular se dedicaba a estas funciones tradicionales de la Iglesia. La cuestión de la organización parroquial era otro asunto con grandes desequilibrios, había parroquias que no poseían un párroco titular. En 1787 había en España 18.922 parroquias, y solo 16.689 párrocos, lo que nos deja una cifra de 2.233 parroquias sin párroco. Además no se aumentó el número de parroquias, vemos como a principios del siglo XIX el número de parroquias era casi el mismo que a mediados del siglo XVIII, y se había producido un aumento demográfico, lo que hacía aún más notoria los desequilibrios de la organización parroquial. Además esto iba ligado a una diferenciación territorial, dado que en la mitad norte peninsular había un número mayor de parroquias que en la mitad sur peninsular. En el norte las parroquias eran mas, pero más pequeñas y de feligresía más pequeñas, la situación se invierte en el sur. Además vemos como el clero regular sentía mayor llamada en las zonas urbanas. Los desequilibrios se ven en como en el arzobispado de Sevilla, en 1768, se contabilizaban unas 500.000 personas, y había 245 parroquias, sin embargo, en Córdoba, con casi 250.000 almas, solo había 92 parroquias. De otro lado vemos como el arzobispado de Santiago de Compostela, con una población de 450.000 almas, poseía casi 1000 parroquias, unas 975. Los desequilibrios eran enormes.

Dr. Virgilio Pinto Crespo. Profesor Titular de Historia Moderna en la UAM.

Dr. Virgilio Pinto Crespo. Profesor Titular de Historia Moderna en la UAM.

La riqueza era otro asunto que suscitaba interés por parte de los ilustrados, y vieron como también era una cuestión de desequilibrio. La iglesia tenía una gran cantidad de rentas, beneficios y propiedades. Según el Catastro del Marqués de la Ensenada, la Iglesia era propietaria de casi el 15% de las tierras de toda España, y además eran las más ricas del reino. La producción agrícola de las tierras de la Iglesia representaban casi el 25% de toda la producción española. Pero además eran propietarias de ganado ( el 10% de toda Castilla), y poseían el 55% de las rentas de alquileres y derechos señoriales. Los censos y rentas hipotecarias les daba casi 30 millones de reales, o que significaba que poseían el 73% del total. En las ciudades la Iglesia podía ser la propietaria del 50% de las casas, en Segovia era dueña del 53% de las casas, y recibía el 34% de los alquileres, en Madrid era dueña del 20% de los inmuebles. Tenemos una Iglesia inmensamente rica que para los ilustrados suponía un obstáculo para el crecimiento económico del país, pues el excedente de los beneficios no se invertía en actividades productivas, además, que la iglesia fuera tan rica no implicaba que todos los eclesiásticos viviesen dignamente, pues había clérigos que realmente lo pasaban mal. Había muchos desequilibrios dentro de la organización del clero español. Otro enorme error de organización de la Iglesia eran los distritos parroquiales. En el siglo XVI ya se había formado una estructura parroquial en Madrid, ciudad que vamos a estudiar como ejemplo de este caso. El crecimiento demográfico de Madrid sirvió para evidenciar aún más los desequilibrios de esta organización. En el siglo XVIII vemos como las parroquias más antiguas se habían visto estranguladas por el circulo formado por las nuevas que se habían construido en los distritos más modernos. Para contrarrestarlo, en las parroquias mayores se crearon anexos, San Martín construyó dos, al igual que San Marcos o San Ildefonso, pero pronto se vio que no solucionaba gran cosa. Eso hacía que la misión de controlar la vida moral y religiosa de los fieles fuera un auténtico problema. La desigualdad territorial se plasmaba en la situación de las parroquias, las cuatro más grandes: S. Martín, S. Ginés, S. Sebastián, y S. Justo, comprendían el 80% de la población en 1792, eso dio lugar también a desigualdades económicas por las donaciones y los recursos de las fábricas que daban a las parroquias. Esto daba situaciones muy dispares. En el informe Lorenzana se ve como las cuatro grandes parroquias obtenían el 70% de los recursos, se daba una curiosa situación si comparamos la cantidad de feligreses y los recursos económicos. Se veía como las más grandes, que debían ser las más ricas, eran las menos favorecidas, pues no disponían de los recursos que teóricamente le correspondían por su población. Estas parroquias tenían recursos escasos y con ello su funcionamiento se veía entorpecido. Frente a ello veíamos parroquias muy ricas, pero que por su situación no podían atender adecuadamente a sus feligreses. El primer intento de remediar esta situación lo encontramos en el año 1790. Hay un factor que se ve determinante para esta situación, y es la proliferación de los conventos, que se situaban en las áreas de expansión urbana, iban rellenando así la amplia malla de los distritos parroquiales, dando así servicio religioso y adquiriendo, pues, unos importantes recursos económicos que deberían ir para las parroquias. Los conventos se convirtieron en competencia para las parroquias, algo que incluso fue tratado en los Concilios bajo-medievales, hablamos entonces de una “pugna parroquias-conventos”. En 1759 en Madrid había 42 conventos masculinos, y 29 femeninos, pero fueron en aumento vertiginoso ocupando los amplios espacios libres de los distritos parroquiales, siguieron los ejes de la expansión urbana. La gran mayoría en los distritos de las parroquias mayores, las cuatro antes citadas, solo en San Martín había 20 conventos. Los conventos atraían los donativos, y eran recursos que no tomaban las parroquias, esto incluso podía ser una competencia de los derechos parroquiales, sobre todo por las sepulturas, dado que era muy atractivo obtener sepultura en un convento, era algo bien visto por las altas élites sociales. Las parroquias pronto vieron la competencia y empezó la queja. El cardenal-Infante en 1647 dispuso un arancel de 46 reales por cada persona que no se enterrase en su correspondiente parroquia, era un intento de paliar la situación.

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Pintura que representa a un grupo de sacerdotes jesuitas en el siglo XVIII.

Para seguir hablando de los problemas estructurales de la Iglesia tenemos que tratar al propio clero, y como ejemplo, el madrileño. Era muy abundante en el siglo XVIII, según el Catastro había unos 4.657 clérigos, de los cuales el clero regular era de 3.333 clérigos. El clero parroquial estaba compuesto por el 16% de los clérigos, masculinos solo el 5%. El resto del clero se dedicaba a funciones en colegios, hospitales, capellanías… a estas labores se ocupaba el 65% del clero secular. Las órdenes mendicantes estaban formadas por el 63% de los frailes, y el 80% de las monjas. Vemos como el clero parroquial era el menos visible, en 1767 sólo el 4% del clero era parroquial, lo que creaba una situación de desequilibrio en la organización del clero. Esta tendencia de los regulares fue normal durante todo el siglo. En 1802 se ve como este clero se ha diezmado bastante. En cuanto a la distribución espacial, según el Catastro de Floridablanca, el clero regular solía encontrarse en la periferia urbana, sin embargo, la presencia del secular era la más importante en el centro urbano. Los cuarteles de Plaza Mayor y Palacio Real conformaban el 34% de todo el clero secular madrileño. Hemos de hablar también del denominado clero flotante es decir, ese que venía a la capital buscando el anonimato o prebendas. Era un clero que era objeto de muchas críticas Era también el clero más bajo, y muchas veces tenían que acudir a la asistencia social del Hospital de San Pedro. En 1764 se contabilizaron unos 602 clérigos en este hospital.

Los recursos de la Iglesia madrileña son un asunto muy importante, pues obtenían el 8% de todas las rentas de Madrid. El 80% netas, sobre todo por censos, derechos señoriales y alquileres, el diezmo era un tributo de segunda clase. El crédito era su ganancia principal. Era importante también el número de memorias y fundaciones piadosas que la Iglesia administraba en el siglo XVIII, pues eran fundamentales para la relación que tenía la institución con las clases populares. El origen de la mayoría de las propiedades de la Iglesia estaban vinculadas a estas instituciones religiosas. Pero el gran negocio del siglo XVIII era sin duda el negocio de la muerte, pues de ahí sacaba la Iglesia unos ingresos enormes. En 1779 el 56,4% de los ingresos de la parroquia de San Martín procedía de entierros y lutos, y otro 5,5% provenía de las memorias, es decir, más del 60% de los ingresos procedían del negocio de la muerte. La economía de la Iglesia madrileña sustentaba sus ingresos sobre los comportamientos religiosos, no sobre la gran propiedad. Además, los ingresos parroquiales directos no llegaban al 10% de los ingresos de la Iglesia, aunque eran importantes dado que los parroquias intervenían de una forma fundamental en los alquileres generados por alquileres, sisas, memorias o capellanías. La Iglesia madrileña era especialmente rica, es por ello que los ilustrados la tuvieran siempre en el punto de mira.

La política carolina buscaba el reforzamiento del poder de la corona frente al resto de los poderes, entre ellos, la Iglesia. Aunque se tomaron muchas medidas se puede ver como no remediaban el mal a combatir, sino que parece que el objetivo real del estado era el del control e instrumentalización de la Iglesia, que el querer transformarla y modernizarla. Los tres tipos de males que se querían combatir eran los siguientes: la defensa de las atribuciones regias, la reforma de los eclesiásticos, y la reforma de las manifestaciones de la piedad barroca. El primero de ellos fue el querer demostrar que la Corona era la que verdaderamente poseía el poder en España, y que la Iglesia era solo una institución bajo su mandato, en esta línea situamos los problemas con la inquisición y el “estado dentro del estado” que formaban los jesuitas, y con ello se produjo la expulsión de los jesuitas de los territorios de la corona hispánica, “dicen que no son mis vasallos, sino de su general y el Papa, pues allá se los mando”[2].   La inquisición salió debilitada de los enfrentamientos con la Corona, y se le recortó las atribuciones jurídicas. Además Carlos III logró tener al episcopado bastante sumiso a sus exigencias, es lo que llaman el “episcopalismo ilustrado”. Aunque se tomaron muchas medidas para la Iglesia, la más importante no se tomó que era la desamortización de los bienes eclesiásticos. La desamortización se iniciaría con su hijo Carlos IV, y muy tímidamente. Otro aspecto que se tocó poco fue la transformación de la estructura de la Iglesia, no hubo ningún cambio, por ejemplo, en la estructura parroquial. La única novedad en ese aspecto fue la consolidación de la parroquia de Palacio, pero esto no resolvió el problema de los derechos parroquiales. Eso se solucionó un poco gracias al Breve de Pío VI. En cuanto al bajo y medio clero, el sistema de termas ayudó a mejorar su calidad de vida. Se trató de evitar el aumento de un clero sin oficio ni beneficio dando normas sobre la ordenación de menores y tratando de exigirles una conducta de acuerdo a su situación clerical. Aunque la situación del bajo y medio clero no mejoró demasiado aún con decretos como el plan beneficial de 1777. Carlos III además dispuso que todos los eclesiásticos que no tuvieran destino u ocupación en Madrid debían abandonarla y volver a sus diócesis en un plazo de 8 días. Pero el que más criticas recibió por parte de los ilustrados fue el clero regular, el cual tenían para ellos una imagen ominosa, pero sobre todo por la gran influencia que este clero ejercía sobre el pueblo llano, además de por su situación irregular. La política de Carlos III quiso reducir el número de este clero y su influjo a la reforma de la vida y costumbres, aunque el resultado fue mas bien escaso.

Para finalizar hablar del plan de Carlos III de reducir las manifestaciones de la piedad barroca que ya era excesiva y era objeto de muchos gastos suntuarios y banales. Los milagros, las enormes procesiones y gastos excesivos en imaginería, la teatralidad barroca, lo maravilloso, todo era digno de reforma para los ilustrados. En 1765 se prohibieron las representaciones de los autos sacramentales y de las comedias de santos. El control del teatro fue una batalla entre el estado y la Iglesia, se trataba en definitiva de privar a los sectores populares de un medio de expresión del que se habían apoderado. El teatro debía ser un instrumento de pedagogía popular según los ilustrados. El resultado fue que el teatro quedó apartado de la vida popular y se convirtió en un entretenimiento solo asequible a las altas cúpulas sociales. El caso de las procesiones se había convertido ya en una tradición de excesos. Había demasiadas y muchas de ellas se distanciaban de lo estrictamente religioso. Todos los años la sala de Alcaldes emitían bandos prohibiendo todo aquello que no tenía nada que ver con la espiritualidad propiamente dicha, y en 1759 el arzobispo de Toledo prohibió las procesiones en la Villa de Madrid, y solo permitió aquellas que más peso tradicional tenían. Especialmente se prohibieron aquellas que se celebraban de madrugada y que eran foco de borrachos y de altercados. Además los ilustrados criticaban el derroche de dinero en esas manifestaciones excesivas y el enorme tiempo de trabajo invertido en ellas, trabajo que no era con un fin productivo. En un decreto de 1777 se prohibieron las procesiones nocturnas, y bailar delante de las imágenes, en los atrios de las iglesias o en los cementerios, así como trabajar en los días de fiesta. El problema es que estas manifestaciones religiosas habían adquirido un gran arraigo social. El tema de las cofradías lo deja bien claro. Habían crecido por toda España, y las había de todos los tipos y advocaciones. En 1783 se firmó una Real Cédula para controlarlas y racionalizar su situación y acabar con el despilfarro. Dinero y tiempo de trabajo otra ves perdido en estas prácticas improductivas. Con este decreto era el estado quien daba autorización a la creación de nuevas cofradías. Pero el intento de cortar estas prácticas desmesuradas y esperpénticas ya venía del siglo XVII, un ejemplo era la regularización de los Vía Crucis, y el prohibir ir con cadenas o calaveras. Aunque si analizamos todo detenidamente vemos como las reformas no hicieron frente a los problemas más graves. La política ilustrada fue victima de sus propias contradicciones pues quería reformas a una Iglesia que el propio estado necesitaba para el control social. La transformó temporalmente y muy parcialmente. Las crisis posteriores dejarían claro que las medidas no fueron efectivas.

BIBLIOGRAFÍA:

PINTO CRESPO, V. “Una reforma desde arriba: Iglesia y religiosidad” en Equipo Madrid, Carlos III, Madrid, y la Ilustración. Madrid: Siglo XXI, 1988, págs.. 155-188.

FERNANDEZ, R. Carlos III, Arlanza editorial, Madrid, 2001.

[1] Relativo al pensador francés del siglo XVIII, Voltaire, quien pensaba que la Iglesia era una institución que propugnaba la intolerancia y la injusticia social.

[2] FERNANDEZ, R. Carlos III, Arlanza editorial, Madrid, 2001.

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Documental sobre la España de Carlos III: El contexto de este artículo.

ARTÍCULO REALIZADO POR:

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Héctor Linares González. Director del Blog. Graduado en Historia: especialidad de Historia Moderna de España por la Universidad Autónoma de Madrid. Investigador becario asociado el Instituto Nacional de Historia del CSIC. Acreditado como investigador por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España.

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